viernes, 29 de abril de 2011

CARTA 6

Tío, ¿qué hago?  Hay cosas que no puedo hablar con nadie, ni con la familia  ni con quien tu sabes, porque al final no hay quien pueda entenderlo. Tú, que quizás me hubieras comprendido, preferiste marcharte antes de conocerme. Tío, ¿tú también veías las cosas que yo veo? ¿También sentías las cosas que siento? ¿Las percibías como las percibó? ¿Me estaré volviendo loco? No quiero afectar a más personas. Esto es algo que tengo que resolver yo solo, ya sé, pero no sé cómo. El 8 de junio ya no es una opción, te lo he dicho. Eso ha quedado en el pasado. Aconséjame, tío. Aconséjame bien. Hazlo por los dos, por ti  y por mí. Muéstrame el camino, el que tú no quisiste recorrer. Estamos a tiempo.
La llagas de mi cuerpo se tornaron color zafiro, resplandecían; pero el resplandor dolía como las piedras puntiagudas del camino de las buenas intenciones  por el que me llevaste aquella madrugada, recuerdas. Yo iba de tu mano a mis dos años y  tres meses de edad. Tú eras una sombra gigante que emanaba una especie de calor que me invitaba a continuar sin importar el dolor en las plantas de mis pies sin huaraches de correa. Nosotros ibamos atrás de ustedes. Yo vigilaba que él no te hiciera nada. Yo cantaba la canción de cuna, para que no te despertaras. Yo iba recogiendo los insectos y las alimañas del camino, los guardaba en la bolsa de mi pantalòn para tragarlos en cuanto todos se decidieran descansar. Nosotros contabamos los pasos; jugábamos, nos reíamos, no prestabamos atención. Yo  fui quien  golpeó tu cabeza.  Yo  no diré nada, ni yo. Yo tampoco. Ya nadie hablará, no por hoy, estoy cansado de ustedes.  Más, más, menos, quinientos cuarenta y siete. Eri cum, eneo.
  

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