Aquí me tienes postrado de nuevo,
a tus plantas, Señor y Padre mío,
luego de entregarme yo al desvarío
de un terrenal amor, cuyo estigma llevo.
No preguntes Tú cómo es que me atrevo
a venir a ti después de mi impío
actuar; sólo cobíjame del frío
con tu manto, Señor; sé mi placebo.
Sé muy bien que esta vez no tengo excusa
que te dar, Dios, para que me perdones.
Sólo intenta entender mi alma obtusa
que se enamoró sin oír razones.
Y si crees nuestra historia aún inconclusa,
bendice, Señor, nuestros corazones.
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